Los cuatro vientos.
El viento helado que entraba por Jean Jaures se juntaba con el que llegaba desde Av. Pueyrredon. A estos dos vientos venían a sumárseles el llegaba desde el lado de la plaza y entraba por Rivadavia con olor a pasto y subtes y el que venía transitando desde lejos por las varias hileras de rieles congelados, juntando frío en diversas geografías hasta culminar en los seis andenes que caracterizan a la estación Once de Septiembre.
En el espacio perimetral exacto de confluencia de los cuatro vientos, debajo del reloj digital que indica los horarios de todos los trenes, cuatro locos emborrachados manteníamos un alerta constante. Ninguno de nosotros debía perder el último tren de la noche.
Cuatro vientos para cuatro locos era mucho viento para pocos locos.
Martín Gol, decidió entonces, basado en este panorama, que como organización nos debíamos un nombre y que le resultaba poético que fuera “los cuatro vientos”. Igualito a los que convergían ahora en el hall central.
Los cuatro del hall central asentimos con la cabeza.
Esa noche como todas las anteriores durante las últimas dos semanas nos habíamos quedado en “La Panchería”, un localito de esos típicos que rodean la estación, en donde se esperan los trenes con la esperanza de que nunca lleguen.
El destino había juntado a nuestras cuatro humanidades. Y la misiva que nos convocaba arreciaba a su fin su momento concluyente.
Víctor “el tuerto” Díaz era el cerebro del grupo, el autor intelectual de este movimiento creado por una serie de casualidades que si uno se ponía a reflexionar resultaban inverosímiles. No era tuerto por accidente si no por tradición familiar, heredaba el ojo malo de una familia con varias generaciones de ciegos. Este ojo malo, el ojo que no poseía, el que nunca estuvo, el del agujero yerto… (etc. etc.), es el que ciertamente nos compete y el que asume indudable relevancia en los objetivos que como grupo nos habíamos propuesto.
El contacto para reunirnos en la Panchería era obra Víctor. El dueño del bolichito lo conocía desde pequeñín y siempre vio con buenos ojos que en el interior de semejante pocilga se pergeñara esta aventura.
Víctor puso un objetivo claro desde el principio: Recuperar algo de lo que se estaba roto.
En su caso era el ojo que le faltaba para completar su mirada. En el mío pedazos de alma constituidos principalmente por la inocencia (mi madre me lo dijo muy de adolescente cuando me encontró en la cama con una amiga suya “hijo regalaste algo tan hermoso como la inocencia”) y por la falta de dolor en el dolor (habituado a su compañía andaba por la vida vacío de sentimientos).
A Víctor lo conocía del Banco, el lugar donde trabajo desde hace diez años y adonde Víctor vino a pedir el préstamo para comprar el ojo de vidrio.
Allí me contó su fatídica herencia de ceguera, y de lo imprescindible de obtener el préstamo dada su situación de carencia visual que saltaba a la vista de cualquiera.
(Ciertamente el agujero negro podía apreciarse sin relativa dificultad y esto constituía un motivo de constante preocupación para buen compañero)
Lo más delicado del tema era que el ojo de vidrio solo podía ser comprado a un tal Doctor Raimondi (al que nadie conocía), en alguna de las estaciones de la extensísima línea de ferrocarriles Sarmiento (no sabía cual) y sólo arribando a dicha estación, con la salida del último tren. De todo esto le había informado a Víctor una gitana del parque Centenario en una secuencia de tarot. El fundamento radicaba en que el tal Raimondi no solo podía hacer un ojo de vidrio igual o más bello que el original, sino que además, ese ojo poseía la cualidad de ver, incluso mejor que el que llevaba puesto.
La única certeza establecía llegar con el último tren de la noche. Para las otras labores se precisaba mucha intuición.
Yo me enganché con la historia y a pesar de la negativa de mis superiores otorgué el dinero seguro de que no había empresa más noble.
Fue el inicio de la amistad y de esta agrupación a la que Martín Gol, inspirado por la noche helada que se nos golpeaba en el hall central, acaba de bautizar como “los cuatro vientos”.
Martín Gol, rengo de una pierna de nacimiento, le daba carisma al equipo: dulce, simpático, compañero, apasionado. Chupaba más que ninguno, pero se mantenía incólume debajo de sus cabellos de oro dignificándonos a todos.
Para muestra basta un botón dicen por eso transcribiré al pie de la letra las palabras que pronunció Martín el día que asumió esta causa como suya:
-OH corazones taciturnos que os juntáis a beber en este salón del oprobio, delegad en mí la tarea sublime de pregonar esta aventura, y dejadme ser parte para que en el confín de las tierras sepan los hombres de los esfuerzos y ardides acometidos por la reparación de lo roto-
Era un dotado, un poeta de raza que se mantenía vendiendo poemas en los colectivos, y que vivía en una pensión de las que abundan en los alrededores de la estación. Por eso siempre estaba en la Panchería, y poco tardó en unirse.
El otro integrante, tal vez el más oscuro de todos nosotros, era Chateaux, lo conocían como el francés, y a el también le faltaba algo o tenía algo roto: un brazo.
Chateaux era pirata del asfalto: robaba camiones con latas de cerveza y las vendía a precios módicos en la estación. La Panchería como pocilga que en definitiva era formaba parte de esta red de contrabandistas que se beneficiaban con lo que otros perdían.
Como nosotros nos quedábamos chupando hasta tarde, y como todo lo pagaba Víctor, poco a poco Chateaux se nos unió, creo yo que más bien por conveniencia. Nunca fui amigo de la idea de aceptarlo ya que el tipo no me cerraba por ningún lado, nunca en el tiempo que estuvimos juntos narró la historia de su brazo faltante, era pirata del asfalto y decía que trabajaba como seguridad en cabaret de Flores.
Sin embargo había hecho buenas migas con Martín Gol y era algo así como su protegido. Además a Víctor tampoco le molestaba y me decía:
-Me extraña de vos Riki (Riki es mi apodo) acá estamos todos en la misma y no nos vamos a andar discriminando entre rotos, me extraña de vos Riki eh...- así que yo trataba de no meterme y de tomarlo como un compañero de trago.
Para momentos como esos por suerte estaba Martín Gol con toda su oratoria animando corazones y rompiendo climas tensos:
-Si es preciso viajar mil días con sus mil noches hasta hallar la morada del loado Raimondi, que se preparen las mil noches con sus días porque seremos incansables jinetes asolando las estaciones-.
La Panchería cerraba a las 10 de la noche pero como el dueño lo conocía a Víctor de chiquito no tenía problema de recibirnos y dejarnos beber allí hasta la salida del último tren
Con los cinco mil dólares del préstamo en el bolsillo, Víctor no reparaba en gastos y nos la pasábamos bastante bien a pesar del asco que se vivía en la Panchería puertas adentro.
No había baños ni agua, y sabido es que estas dos carencias juntas se potencian una con otra. Nuestro cubil, ahora que lo pienso, se parecía concordaba también con nosotros que como La Panchería andábamos destartalados. El espacio pequeño por demás presentaba todo tipo de falencias, en una superficie exigua se amontonaban heladeras, un mostrador cuatro banquetas, una escoba, un anafe con dos hornallas y la hamburguesera, que daba nombre al local, y no era otra cosa que una chapa larga con fuego abajo.
Se orinaba en la única rejilla del local, ubicada justo debajo de la plancha donde se cocían las hamburguesas. Si alguien necesitaba lavarse las manos se suplía el acto sacudiéndoselas contra los jeans. Por falta de lugar los panes de viena para las hamburguesas se apilaban en sus respectivas bolsas a un costado de la mentada rejilla.
- Tenga cuidado m`hijo – pedía el dueño que era un viejo venido del campo-no me le apunte al pan que mañana ha de venderse-
En las primeras meadas todos hacíamos lo posible pero tras cinco o seis litros de vino en caja la puntería comenzaba a fallar. No nos olvidemos que para Martín Gol, rengo de nacimiento, y para Víctor, tuerto por herencia, la presión era doble presión. En cambio Chateaux lo hacía de mala leche, porque con una mano se puede mear bien igual y de puro malo que era le meaba todo al pobre viejo.
Entonces el buen hombre rezongaba y levantaba él mismo las bolsas con pan de Viena, las subía al mostrador y como si nada se ponía a preparar berenjenas en escabeche. Martín Gol era capaz de comerse un frasco por noche sin chistar. Nunca conocí un estómago como ese, parecía un reptil y no un humano.
Las primeras noches en las que salimos a buscar a Raimondi no pegamos una, Llegábamos tan borrachos al andén que ninguno se daba cuenta cual era el último tren o cuál era el primero quién era quién. Con frecuencia nos quedábamos dormidos en un rincón y despertábamos al alba con la afluencia de miles de trabajadores pisoteándonos el cuerpo.
A mi la cosa se me complicaba bastante porque tenía que aparecer en el banco con un aspecto algo respetable, pero con el alma rota poco me importaba la mirada de mis compañeros y si me echaban me tendrían que pagar una jugosa indemnización potenciada por el delito intrínseco de echar a alguien en las condiciones que yo estaba, es decir con el alma rota, hecho comprobable con nomás mirarme.
Al cabo de un tiempo nos mentalizamos y tuvimos una charla en serio en el grupo. Tomé la voz cantante y cumplí por fin el rol para el que el destino me había ocupado en este asunto:
-Muchachos, si vamos a afrontar estos esfuerzos no podemos estar en la boludez-propuse-acá hay un tema que es fundamental y que no podemos dejar de lado-Víctor me apuntaba con su ojo bueno y con ese solo seguía los movimientos de los dos míos-
-Acá el objetivo primero de este grupo, fue encontrar al Doctor Raimondi en alguna de las estaciones de esta línea de mierda con la salida del último tren. Vamos viejo, es un ojo que ve lo que está en juego, vamos hermano, o no se dan cuenta. Acá lo importante es que se rompe con una herencia de ceguera que es la que arrastra el Víctor, anda sin mirada, ¿alguien sabe lo que es andar sin mirada?, así que les pido si lo vamos a tomar en serio, empecemos ya, mañana, tratemos de no empedarnos, y de hacer lo que tenemos que hacer-
El discurso surtió el efecto esperado, Martín Gol bailaba de alegría, ¡Viva! ¡Viva! Gritaba ¡Viva la patria! ¡Viva Perón carajo!...Víctor lloraba por su único ojo y Chateaux…Chateaux…comenzaba a traer merca a la hamburguesería.
Así que las semanas que siguieron siempre estuvimos muy apurados y a pesar de que recorrimos muchas estaciones nunca dimos con Raimondi.
La premisa fundamental era “a la salida del último tren” y nosotros subíamos a cualquiera que viniera con tal de ir a algún lado.
El lado bueno de esos días radicó en que Chateaux nos llevó varias veces al Cabaret donde trabajaba de seguridad.
Mi mayor alegría no fue estar con las chicas (aunque si fue una gran alegría), si no descubrir que Chateaux no había mentido en esto y que allí dentro era para todos el francés a quien conocían y respetaban.
El lado malo fue todas las otras cosas que me enteré de Chateaux: que era un bipolar extremo y que cuando se le descolgaba la mente perdía conciencia sobre si mismo pudiendo llegar a hacer cualquier cosa, que allí dentro no había faltado quien guardara señales de su navaja y que el brazo lo había perdido arrojando a una puta a las vías. El chisme decía que cayendo juntos sobre los rieles, vino el tren y el saco la mejor parte conservando uno de sus brazos.
Otra parte del lado bueno también fue que en el anden de Flores me enamoré de una chica que vendía porciones de pizza y gracias a Martín Gol que supo aconsejarme con palabras de amor, podía poseerla detrás del mostrados entre tomates y muzzarela como un verdadero animal, ya que como dije al principio mi gran problema era la falta de sentimientos.
El grupo estaba funcionando como grupo. Nos ayudábamos los unos a los otros y nadie cagaba a nadie.
Fue entonces que Víctor nos comunicó el estado de sus finanzas, le quedaban $500 pesos argentinos y no teníamos ni puta idea de donde mierda íbamos a encontrar a Raimondi, y mucho menos de si Raimondi nos iba a fabricar el ojo que veía por cinco gambas.
Así que a la noche siguiente nos decidimos a hacer las cosas bien. Nos juntamos los cuatro en la Panchería como siempre y nos tomamos algunos tubos de vino. En vez de tomar la merca que traía Chateaux se me ocurrió mantenernos despiertos esperando al último tren en el hall central, mirando el reloj enorme y con los cuatro vientos golpeando nuestros rostros.
Ahí fue que a Martín Gol se le ocurrió lo de llamarnos “los cuatro vientos” y que todos asentimos con la cabeza.
Tomamos por fin el último tren de la noche y nos bajamos por azar en la estación Ramos Mejía. Allí caminamos por el Túnel y al francés Chateaux le cayó todo el peso de su historia de golpe y pasó lo que en el cabaret me habían dicho que podía pasar. Se le descolgó la mente. Y así como si nada se la agarró con el único que lo quería, con Martín Gol. Y con su única mano le empezó a romper la cara a trompadas. Como queriendo destruir por destruir. Al más sano, al más inocente, y al más bueno de todos nosotros. Víctor enfocaba la escena como si tuviera dos ojos y no perdía detalle de la barbaridad que pasaba. Martín Gol, demasiado hombre para defenderse, se dejaba hacer y meditaba quizá sobre las aristas más oscuras de la poesía, yo traté de separarlos y el francés Chateaux con su única mano me desencajó la mandíbula de un trompazo.
El propio rebote de la fuerza con que me propinó la trompada lo hizo caer del lado del que no tenía brazo. Al no tener brazo sostuvo la caída con la cabeza abriéndose un hermoso tajo. Las sangres se juntaban en el piso pútrido del túnel. Por un momento el único sonido perceptible fue el de los tubos de luz que alumbraban al túnel.
No nos dijimos nada, pero cada uno de nosotros comprendió que la epopeya concluía así. Nos fuimos yendo de a uno. Como los cuatro vientos, cada uno al lugar al que pertenecía nos fuimos retirando. Primero Víctor que había visto todo lo que tenía que ver y mucho más también. Después el francés, que ya no tenía arreglo. Después Martín Gol, el hermoso, caminando ahora con la poesía de esta aventura para siempre, y después me fui yo, que también recuperé lo que estaba roto, porque esa noche mientras vagaba por la ciudad me eché a llorar como un niño.
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